La fotografía artística, una nueva apuesta para los coleccionistas

Aunque con precios más accesibles que otras obras, ya pisa fuerte en el mercado. Aquí, las claves de un fenómeno que ya se instaló en las galerías de arte.

Por: Juan Manuel Bordón

AUTORRETRATO CON HIJOS. LA FOTO DE HEINRICH
FUE ADQUIRIDA POR MALBA. ANNEMARIE HEINRICH

Son muchos los coleccionistas que ven en la fotografía una apuesta atractiva a futuro: los precios aún son accesibles si se comparan con el resto de las artes plásticas, aunque cada vez pisan más fuerte en el mercado. El caso extremo es el de Andreas Gursky, que en 2007 se convirtió en el primer fotógrafo en superar la barrera de los tres millones de dólares con 99 Cent II Diptychon (2001), gigantesco retrato de las góndolas de un supermercado. En la Argentina, donde la fotografía recién entró tímidamente en las galerías durante la década del ochenta, se destapó en los últimos cinco años y ya son varios los autores contemporáneos que cotizan por encima de los cinco mil dólares.

En Buenos Aires hay tres galerías que se dedican exclusivamente a la foto y han aparecido en la agenda los primeros remates de obra contemporánea. El primero de todos fue el de EMA (Esclerosis Múltiple Argentina), que en setiembre de 2009 tuvo su segunda edición y recaudó unos 90 mil dólares. Pero además, fenómenos como la feria Buenos Aires Photo o el Festival de la Luz crecen año a año. "Aunque todavía hay reparos en torno de la conservación o la confianza en la edición, el fenómeno internacional y las ferias ayudaron para que se entendiera la foto como un soporte coleccionable y mostrable. La foto además tiene un aspecto comercial beneficioso, ya que al no ser piezas únicas la obra se abarata y entran muchos más jugadores", explica Orly Benzacar, de la galería Ruth Benzacar, que en los 80 fue de las primeras en abrir sus salas a los fotógrafos.

Para Guadalupe Chirotarrab, directora artística de la fotogalería Ernesto Catena, el despegue comercial de los últimos años es parte de un fenómeno más amplio. "El arte contemporáneo es el que ha tomado un lugar preponderante en el mercado, pasa que la fotografía es una de las disciplinas o soportes centrales dentro de lo contemporáneo". En la Argentina, varios fotógrafos contemporáneos -entre ellos Esteban Pastorino, Marcos López, Alexandra Sanguinetti, Nicola Constantino, Dino Bruzzone o Santiago Porter- ya cotizan en precios que parecían reservados a maestros como Horacio Coppola, Anatole Saderman, Grete Stern o Annemarie Heinrich. Pero, si algo termina de consolidar el crecimiento del mercado local, es la aparición de los museos.

Desde hace tres años, el Malba suma una foto para su colección en Buenos Aires Photo. Este año compró Autorretrato con hijos (1947), una fotografía vintage de Annemarie Heinrich, en diez mil dólares. Pero la gran sorpresa fue que el Museo Nacional de Bellas Artes compró, por primera vez en su historia, obras para la colección de fotografía que funcionaba desde 1998 con donaciones. Aunque no explique todo el fenómeno, el creciente interés de los museos tiene un sustrato tecnológico: el cambio que trajo el paso de lo analógico a lo digital, en lo que respecta a hacer copias en grandes escalas, benefició la entrada de la foto. "Es cierto que muchos fotógrafos y artistas que usan el soporte tienen el objetivo puesto en los museos y saben que luce más una obra grande", cuenta la fotógrafa Sara Facio, responsable de la colección de fotografía de Bellas Artes.

Paradójicamente, buena parte de las obras que cotizan en el mercado y son buscadas por los museos van en contra de alguno de los principios históricos de la fotografía. Cuando aparece la técnica fotográfica, a principios del siglo XIX, el invento prometía acabar con las limitaciones que había impuesto la pintura sobre la representación visual. En primer lugar, su unicidad, ya que la foto era reproducible (al menos hipotéticamente) hasta el infinito. En segundo lugar, su alcance, porque el retrato fiel de una persona, marca de status desde el Renacimiento, pasaba a estar al alcance de muchos. Primero habían sido los dioses, luego los nobles y comerciantes en ascenso. Con la fotografía, el abanico de retratos se ampliaba y alcanzaba al hombre cualquiera. Sin embargo, estos rasgos chocan contra la principal exigencia del mercado del arte: limitar las ediciones de cada copia para convertir, también a la fotografía, en una obra única.

Según la ley 24.623 sobre circulación de bienes culturales, sancionada en 1996, la fotografía no es una obra de arte. "Cuando se hizo -explica Andrés Duprat, titular de la Dirección Nacional de Artes Visuales- se establecieron seis categorías para definir lo que era una obra de arte pero no aparecen las fotos ni las instalaciones ni los ready mades". Por ahora, sin embargo, no ha habido un apego innecesario a esa letra chica. Duprat asegura que ellos sí las consideran arte y extienden licencias a los fotógrafos.

Marcos López, uno de los nombres con más peso en el ámbito, reconoce que el tema de la numeración es un condicionamiento del mercado. "Yo acepte las reglas de numerar las copias y las cumplo sin chistar. Mi foto Asado en Mendiolaza (versión, en clave de grotesco criollo, de La última cena) está en el Museo Reina Sofía de Madrid. Me gustaría que haya otra en Córdoba, donde la hice, pero es una edición de 5 copias agotadas y no la puedo donar ni vender".

La necesidad de limitar las copias también es parte del fenómeno digital. La mayoría de los grandes maestros, entre ellos Cartier-Bresson, nunca numeraron sus fotografías. La referencia, a la hora de cotizar, era que se tratara de una copia vintage: una imagen revelada por el propio autor en el momento de la toma. "Lo curioso -cuenta el coleccionista Jean Louis Lariviére- es que la foto vintage puede costar más aunque a veces es de mucho menor calidad que la actual, ya que la técnica y los papeles evolucionaron". Con la aparición de la foto digital, el status vintage lo ocupó la foto que integra una serie limitada a tres o cinco copias. Y si supera los tamaños fotográficos, de 50 a 60 centímetros, pues muchísimo mejor.

Sin embargo, no son pocos los que -al filo de su desaparición- creen que la fotografía analógica puede convertirse en el nuevo capricho del mercado. "La inclusión del digital hace que sea cada vez más rara y tenga más costos. Hoy comprás una foto vintage de un autor importante por 5 o 15 mil dólares y seguramente en unos años tenga una cotización mayor", apuesta el fotógrafo Juan Travnik, director de la fotogalería del Teatro San Martín. Para la fotógrafa Adriana Lestido, "el proceso de revelado hace que cada copia sea única. Incluso imágenes que salen del revelado con alguna imperfección y que uno antes descartaba, ahora se guardan. Frente a la perfección del digital, hay coleccionistas que las ven como marcas de autor".

Mientras varias marcas de películas y papeles para revelado comienzan a desaparecer, varios fotógrafos que no pasaron al digital parecen disfrutar de esta ironía. Marcos López, cuya photoshopeada Terraza se puede ver en una gigantografía sobre la 9 de julio, dice estar preparado: "Por las dudas, estoy volviendo a armar en el baño del fondo el laboratorio en blanco y negro".

Fuente: Clarin
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/11/08/_-02037036.htm

 
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